Ambición Azul II

Un nuevo fragmento de esa futura novela

 

Ella.

Con su seductora voz y sus sutiles movimientos, estaba acostumbrada a conseguir todo lo que quería. Todos a su alrededor la situaban en lo más alto. Admiraban su belleza como a una Diosa, su inteligencia aprendida de libros, su cultura aprendida de viajes… Y Ella, miraba a todos desde arriba vanagloriándose de sus súbditos, de manipular con su psicología barata y su sentimentalismo hipócrita. Segura de sí misma. Propugnaba una falsa humildad que a todos tenía encandilados. ¿Cómo podía ser? ¿ Con lo perfecta que era? ¿Cómo podía ser tan humilde? Todo era perfecto hasta que…

De pronto su vida sufrió un revés. Ya no se le daba todo aquello que ella quería, ya no podía permitirse los lujos de los que disfrutaba a base de tener a otros subyugados y por supuesto se enfureció, y surgió su verdadera identidad, una Equidna. Una mujer, mitad ninfa, mitad serpiente, madre de monstruos. Y todos vieron su parte de serpiente, de víbora, su avaricia… Y presionó y presionó a sus súbditos, llevándolos a la extenuación hasta conseguir lo que ella quería.

Y lo hizo. 

Volvió a tener entre sus manos lo que ansiaba, oro. Porque eso era lo que le importaba. Solo el oro. Durante un tiempo todos quedaron estupefactos ante su maldad, pero ella necesitaba ganarse otra vez a sus esclavos. Necesitaba a su rebaño adulador. Porque si no había nadie con los que presumir, a los que mirar desde arriba, no estaba contenta. Así que, Equidna, volvió a camuflar su cola de serpiente y se envolvió de nuevo con sus aires de ninfa. Poco a poco, uno a uno, volvieron a caer a sus pies. Deslumbrados de nuevo con su sensualidad, con sus sutiles palabras de chantaje susurradas por lo bajo, tocando los corazones débiles. Pero no se percató de algo…

Si ella era una Equidna camuflada, no se fijó en que entre sus supuestos súbditos se encontraba Atenea. Diosa de la guerra, de la estrategia, de la justicia, de la sabiduría y la inteligencia, a la que no pudo controlar, a la que por más que intentase no podía subyugar. Y Atenea sonrió. Porque ya sabía que ella era más una serpiente que una ninfa. Y Atenea sonrió. Porque con la inteligencia que poseía diseñó la estrategia perfecta para hacer que sus súbditos abrieran los ojos. Y Atenea sonrió. Se cubrió con su escudo, con su lanza y con su casco, y emprendió la Guerra para una Justa Victoria.

Y Atenea sonrió.